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noviembre 12, 2020

CONVITE DE LECTURA

Los invito a leer El libro de lectura del Bicentenario. Secundaria I, en él encontrarán unas poesías y 19 cuentos extraordinarios, todos escritos por escritores argentinos.


De este libro les comparto el primero, se llama El libro y es de Sylvia Iparraguirre: 

El libro

        El hombre miró la hora: tenía por delante veinticinco minutos antes de la salida del tren. Se levantó, pagó el café con leche y fue al baño. En el cubículo, la luz mortecina le alcanzó su cara en el espejo manchado. Maquinalmente se pasó la mano de dedos abiertos por el pelo. Entró al sanitario, allí la luz era mejor. Apretó el botón y el agua corrió. Cuando se dio vuelta para salir, de canto contra la pared, descubrió el libro. Era un libro pequeño y grueso, de tapas duras y hojas de papel de arroz, inexplicablemente pesado. Lo examinó un momento. No tenía portada ni título, tampoco el nombre del autor o el de la editorial. Bajó la tapa del inodoro, se sentó y pasó distraído las primeras páginas de letras apretadas y de una escritura que se continuaba sin capítulos ni apartados. Miró el reloj. Faltaba para la salida del tren.

        Se acomodó mejor y ojeó partes al azar. Sorprendido reconoció coincidencias. Volvió atrás. En una página leyó nombres de lugares y de personas que le eran familiares; más todavía, con el correr de las páginas encontró escritos los nombres de pila de su padre y su madre. Unos tres capítulos más adelante aparecieron, completo, sin error posible, el de Gabriela. Lo cerró con fuerza; el libro le producía inquietud y cierta repugnancia. Quedó inmóvil mirando la puerta pintada toscamente de verde, cruzada por innumerables inscripciones. Fluyeron unos segundos en los que percibió el ajetreo lejano de la estación y la máquina Express del bar. Cuando logró calmar un insensato presentimiento, volvió a abrir el libro. Recorrió las páginas sin ver las palabras. Finalmente, sus ojos cayeron sobre unas líneas: En el cubículo, la luz mortecina le alcanza su cara en el espejo manchado. Maquinalmente se pasa la mano de dedos abiertos por el pelo. Se levantó de un salto. Con el índice entre las páginas, fue a mirarse asombrado al espejo, como si necesitara corroborar con alguien lo que estaba pasando. Volvió a abrirlo. Se levanta de un salto. Con el índice entre las páginas, va a mirarse asombrado... El libro cayó dentro del lavatorio transformado en un objeto candente. Lo miró horrorizado. Consultó el reloj. Su tren partía en diez minutos. En un gesto irreprimible que consideró de locura, recogió el libro, lo metió en el bolsillo del saco y salió. Caminó rápido por el extenso hall hacia la plataforma. Con angustia creciente pensó que cada uno de sus gestos estaba escrito, hasta el acto elemental de caminar. Palpó el bolsillo deformado por el peso anormal del libro y rechazó, con espanto, la tentación cada vez más fuerte, más imperiosa, de leer las páginas finales. Se detuvo; faltaban tres minutos para la partida. Qué hacer. Miró la gigantesca cúpula como si allí pudiera encontrar una respuesta. ¿Las páginas le estaban destinadas o el libro poseía una facultad mimética y transcribía a cada persona que lo encontraba? Apresuró los pasos hacia el andén, pero, por alguna razón oculta, volvió a girar y echó a correr con el peso muerto en el bolsillo. Atravesó el bar zigzagueando entre las mesas y entró en el baño. El libro era un objeto maligno; luchó contra el impulso irreprimible de abrirlo en el final y lo dejó en el piso, detrás de la puerta. Casi sin aliento cruzó el hall. Corrió por el andén como si lo persiguieran. Alcanzó a subir al tren cuando dejaban el oscuro andén atrás y salían al cielo abierto; cuando el conductor elegía una de las vías de la trama de vías que se abrían en diferentes direcciones.


Sylvia Iparraguirre nació en 1947 en Junín, Provincia de Buenos Aires. Fundó, junto a Abelardo Castillo (con quien se casó en 1976) y Liliana Heker, la revista literaria El Ornitorrinco. Docente, investigadora y narradora, sus cuentos integran numerosas antologías. Entre sus obras figuran: En el invierno de las ciudades (cuentos). Probables lluvias por la noche (cuentos), El Parque (novela).

octubre 29, 2020

RAY BRADBURY

Ray Bradbury (1920-2012), escritor estadounidense de cuentos, novelas, poesía, teatro, ensayos y guiones; conocido y reconocido principalmente por sus libros de ciencia ficción y fantasía:

Crónicas marcianas (1950), El hombre ilustrado (1951), Las doradas manzanas del sol (1953), Fahrenheit 451 (1953), El país de octubre (1955), El vino del estío (1957), La feria de las tinieblas (1962), El árbol de las brujas (1972), El verano de la despedida (2006) …

 

Para conocer un poco más sobre su vida y su obra les comparto un video realizado por el equipo de Tinkuy:

 

 

En su lápida figura un epitafio que él mismo escribió:

“Ray Bradbury

1929 - 2012

Autor de Fahrenheit 451”


Fahrenheit 451 presenta un mundo futuro sombrío y horroroso. Montag, el protagonista, pertenece a una brigada de bomberos cuya misión, paradójicamente, no es la de sofocar incendios sino la de provocarlos para quemar libros. En ese mundo distópico está terminantemente prohibido leer. Leer obliga a pensar y allí está prohibido pensar, leer impide ser ingenuamente feliz, y allí hay que ser feliz a la fuerza.

 

Los invito a leer un fragmento del inicio de la novela:

Fahrenheit 451:

es la temperatura a la que

el papel de los libros

se inflama y arde.


        Constituía un placer especial ver las cosas consumidas, ver los objetos ennegrecidos y cambiados. Con la punta de bronce del soplete en sus puños con aquella gigantesca serpiente escupiendo su petróleo venenoso sobre el mundo, la sangre le latía en la cabeza y sus manos eran las de un fantástico director tocando todas las sinfonías del fuego y de las llamas para destruir los guiñapos y ruinas de la historia. Con su casco simbólico en que aparecía grabado el número 451 bien plantado sobre su impasible cabeza y sus ojos convertidos en una llama anaranjada ante el pensamiento de lo que iba a ocurrir, encendió el deflagrador y la casa quedó rodeada por un fuego devorador que inflamó el cielo del atardecer con colores rojos, amarillos y negros. El hombre avanzó entre un enjambre de luciérnagas. Quería, por encima de todo, como en el antiguo juego, empujar a un malvavisco hacia la hoguera, en tanto que los libros, semejantes a palomas aleteantes, morían en el porche y el jardín de la casa; en tanto que los libros se elevaban convertidos en torbellinos incandescentes y eran aventados por un aire que el incendio ennegrecía.

        Montag mostró la fiera sonrisa que hubiera mostrado cualquier hombre burlado y rechazado por las llamas.

        Sabía que, cuando regresase al cuartel de bomberos, se miraría pestañando en el espejo: su rostro sería el de un negro de opereta, tiznado con corcho ahumado. Luego, al irse a dormir, sentiría la fiera sonrisa retenida aún en la oscuridad por sus músculos faciales. Esa sonrisa nunca desaparecía nunca había desaparecido hasta donde él podía recordar…

octubre 22, 2020

Nadie te creería

 

Nadie te creería es un libro de Luis María Pescetti (1958): escritor, actor y músico santafecino; ha publicado más de veinte libros y tiene tres discos grabados, la mayoría destinado a la infancia. Cuentos, poesía, novelas, microrrelatos, humor, ironía y mucho juego con las palabras van a encontrar en toda su obra.

 

De Nadie te creería les ofrezco tres cuentos:

Incógnitas

        ¿Quieren que les cuente una historia? ¿Prefieren una que conocen o una que elija yo? ¿Saben la de esa familia que era muy pobre y vivía en el campo? ¿Creen que el padre iba a quedarse toda la vida esperando a ver si la situación mejoraba? ¿Por qué no iba a acordarse de que su infancia también había sido pobre, igual que la de su padre y su abuela? ¿Ustedes se quedarían esperando? ¿Alguien lo haría? ¿Cuánto lo habrá pensado? ¿Acaso no se llenó de miedo cuando le propuso a su familia pasar como ilegales a Estados Unidos? ¿Hubieran dejado su terruño si hubieran tenido otra opción? ¿Se imaginan qué habrían sentido al llegar a la última ciudad de frontera, siendo que jamás había pisado una ciudad? ¿Creen que el hombre no quiso regresar al sentirse tan perdido? ¿Y quién iba a ser sino su mujer quien lo alentó a continuar? ¿Saben cuánto demoraron en resolver cómo cruzar la frontera? ¿Ustedes conocen a alguno que le haya ido bien la primera vez? ¿Y los que lo intentaron dos o cuatro veces y siempre regresaron? ¿Y aquéllos de quienes nunca más se supo? ¿Se imaginan el miedo cuando les propusieron cruzar ese río de noche? ¿Hubieron podido hacerlo, si no sabían nadar, y sin ayuda? ¿Alguien estuvo, alguna vez, en medio de la noche más cerrada? ¿Por qué no se echaron atrás en ese momento, si le tenían tanto miento al agua? ¿Cómo lograron llegar a la otra orilla? ¿Cómo hicieron para conseguir trabajo y escribirles a sus parientes avisándoles que estaban vivos? ¿Se imaginan la alegría de su familia de recibir esa carta? ¿Ustedes creen que extrañaban, que pensaron en volver? ¿Qué habrían sentido cuando vieron que sus hijos hablaban mejor en inglés que en español? ¿Y la primera vez que regresaron a su pueblo de visita? ¿Qué hubiera sido mejor?

 

Sensible pérdid

        Ls cutro vocles quí presentes hemos convocado est reunión de prens pr confirmrles un notici que er un rumor público y nos tiene sumids en el ms hondo pesr. Me refiero l sensible pérdid de nuestro querd compñer, letr presursor de todos los diccionarios: l primer de ls vocles. El dolor y l confusión de este momento no nos permiten ser ms extenss ni brindr ms detalles. Pero,  sí mismo declrmos con l myor de ls firmezs que ningún de nosotrs cutro se encuentr enferm ni en peligro. Eso es totalmente flso.

        Y hor disculpen, pero hoy no vmos poder dr lugr sus pregunts, les rogmos que conprendn l seriedd de este momento y ls dejen pr otr oportunidad. Debemos  convocr los poets, los utores, los cntntes, cuentcuentos, conferencists pr resolver el enorme desfío de ver cómo hremos nosotrs cutro pr que ustedes puedn seguir expresndose con l plenitud de siempre. Grcis y buens trdes.


Nadie te creería

        Voy a contar un secreto. Cuando yo era chico a mi mamá se le salía la cabeza. Era insoportable verla así. Temía que nunca volviera a colocársela, entonces yo debía hacerlo. También pasaba que mi padre regresaba del trabajo sin sus brazos y yo debía señalarle que se los había olvidado o se los había dejado quitar. A veces volvía tan cansado que no quería regresar y decía que al otro día iría por ellos. Pero yo no aguantaba la idea de que alguien los tomara y no volvieran a aparecer. Los buscaba. El caso de mi padre era complejo pues cuando discutía con mamá se quedaba sin rostro. Y debía ser yo quien con mucha paciencia y sin asustarme, le colocara primero la nariz, para que pudiera respirar, luego la boca. Los ojos siempre últimos, para que no se asustara. Ella también quedaba mal, se le desarmaban las piernas y era incapaz de ir a ninguna parte. Aprendí a colocarle las rodillas, los pies, y al rato caminaba, aunque sus primeros pasos eran muy pesados. A mi papá lo echaron de los trabajos varias veces, y en cada ocasión tardó días en regresar a casa. Mi madre pasaba del susto al enojo, pero no salía a buscarlo; entonces iba yo. Una vez no me reconoció y no quería volver conmigo pues no sabía quién era ni a dónde lo llevaría, se quejaba. Tuve que mentirle para que me siguiera.

        Trabajé tanto que, durante esos años, me dormía en el pupitre. Sin embargo, nadie se burlaba ni los maestros me retaban, porque sabían qué ocurría en casa. Vivíamos en una ciudad pequeña, de ésas en las que todos se conocen. Lo cierto es que no me dormía porque tuviera sueño, era algo más bien raro. El maestro empezaba a hablar y yo sentía una plácida somnolencia que me invadía. Tuve tres maestras y dos maestros, de distintas edades, pero todos tenían algo suave en la voz, como un ronroneo, un sonido aterciopelado en la garganta. Era tan extraño que no podía prestar atención a lo que decían sino a ese sonido. Me concentraba en él, como cuando uno lee un libro que lo atrapa, y según yo eso hacía; pero según los demás me había dormido.

        Luego regresaba a casa y tal vez debía calentarme algo para comer, o quizás mamá había cocinado algo delicioso y papá había comprado un vino caro y eran muy felices. Entonces yo también, y éramos muy felices. Su felicidad no se podía comparar con nada en el mundo. Era la única cosa capaz de hacerme olvidar el sonido de las voces de mis maestros, porque ella sola, esa felicidad, era suficiente. Una de esas ocasiones mi padre dijo una frase que me quedó para siempre: “La vida es una gran fuente, y si uno tiene un recipiente sano, hasta la más pequeña taza sirve para calmar la sed”. Y me despeinó con su mano. Entonces no entendí qué había querido decir, hoy sí. Pero esos momentos tan radiantes eran muy frágiles, no duraban, porque ellos eran como un recipiente roto, por usar sus palabras, y se ve que nada de esa fuente les era suficiente, quiero decir, todo se les volcaba. Y era tan poca agua la que llevaban a la boca. Y eran muy infelices y tristes, y se les caía el rostro, los brazos, o perdían la cabeza, que es lo que conté antes. Hasta que llegaban otra vez esos momentos de felicidad incomparable.

        Una noche una mujer me sacó volando de la casa. Me sentó frente a una mesa llena de manjares. Sándwiches de tres o cuatro capas, refrescos de todos los gustos, dulces y quién sabe cuántas cosas más. Llenó mis bolsillos de dinero, se agachó para estar a mi altura y dijo, amablemente: “No es tarea de un niño hacer esos trabajos por sus padres”. Pero si no los hago yo, ¿quién los hará?, le repliqué. “Quizás nadie, pero no debe hacerlos un niño”, insistió. Pero si no lo hago nadie lo hará. Y entonces esto fue lo que me respondió: “Hay que dejar nadie los haga”. Y me volvió a mi cama. Y ese es mi secreto.


octubre 08, 2020

Julio Cortázar

Julio Cortázar (Bruselas, 1914 - París, 1984). Extraordinario y prolífero escritor argentino de novelas, cuentos, poesías, teatro y ensayos. En muchas oportunidades se lo ha vinculado con Borges por la escritura de cuentos fantásticos, aunque los relatos breves de Cortázar se apartan del interés por la metafísica para indagar en lo inquietante y enigmático de lo cotidiano. Su afán renovador se manifiesta sobre todo en el estilo y en la subversión de los géneros que se verifica en muchos de sus libros, de entre los cuales la novela Rayuela (1963), con sus dos posibles órdenes de lectura, sobresale como su obra maestra.

Autor de: Modelo para armar (1968), Libro de Manuel (1973), Bestiario (1951), Final del juego (1956), Todos los fuegos el fuego (1966), Historias de cronopios y famas (1962), Salvo el crepúsculo (1984), Los reyes (1949), Último round (1968), La vuelta al día en ochenta mundos (1967), Silvalandia (1975) …

 

Para profundizar:

La enciclopedia biográfica en línea  Biografías y vidas


Les comparto un cuento y un microrrelato:

Continuidad de los parques

        Había empezado a leer la novela unos días antes. La abandonó por negocios urgentes, volvió a abrirla cuando regresaba en tren a la finca; se dejaba interesar lentamente por la trama, por el dibujo de los personajes. Esa tarde, después de escribir una carta a su apoderado y discutir con el mayordomo una cuestión de aparcerías, volvió al libro en la tranquilidad del estudio que miraba hacia el parque de los robles. Arrellanado en su sillón favorito, de espaldas a la puerta que lo hubiera molestado como una irritante posibilidad de intrusiones, dejó que su mano izquierda acariciara una y otra vez el terciopelo verde y se puso a leer los últimos capítulos. Su memoria retenía sin esfuerzo los nombres y las imágenes de los protagonistas; la ilusión novelesca lo ganó casi en seguida. Gozaba del placer casi perverso de irse desgajando línea a línea de lo que lo rodeaba, y sentir a la vez que su cabeza descansaba cómodamente en el terciopelo del alto respaldo, que los cigarrillos seguían al alcance de la mano, que más allá de los ventanales danzaba el aire del atardecer bajo los robles. Palabra a palabra, absorbido por la sórdida disyuntiva de los héroes, dejándose ir hacia las imágenes que se concertaban y adquirían color y movimiento, fue testigo del último encuentro en la cabaña del monte. Primero entraba la mujer, recelosa; ahora llegaba el amante, lastimada la cara por el chicotazo de una rama. Admirablemente restañaba ella la sangre con sus besos, pero él rechazaba las caricias, no había venido para repetir las ceremonias de una pasión secreta, protegida por un mundo de hojas secas y senderos furtivos. El puñal se entibiaba contra su pecho, y debajo latía la libertad agazapada. Un diálogo anhelante corría por las páginas como un arroyo de serpientes, y se sentía que todo estaba decidido desde siempre. Hasta esas caricias que enredaban el cuerpo del amante como queriendo retenerlo y disuadirlo, dibujaban abominablemente la figura de otro cuerpo que era necesario destruir. Nada había sido olvidado: coartadas, azares, posibles errores. A partir de esa hora cada instante tenía su empleo minuciosamente atribuido. El doble repaso despiadado se interrumpía apenas para que una mano acariciara una mejilla. Empezaba a anochecer.

        Sin mirarse ya, atados rígidamente a la tarea que los esperaba, se separaron en la puerta de la cabaña. Ella debía seguir por la senda que iba al norte. Desde la senda opuesta él se volvió un instante para verla correr con el pelo suelto. Corrió a su vez, parapetándose en los árboles y los setos, hasta distinguir en la bruma malva del crepúsculo la alameda que llevaba a la casa. Los perros no debían ladrar, y no ladraron. El mayordomo no estaría a esa hora, y no estaba. Subió los tres peldaños del porche y entró. Desde la sangre galopando en sus oídos le llegaban las palabras de la mujer: primero una sala azul, después una galería, una escalera alfombrada. En lo alto, dos puertas. Nadie en la primera habitación, nadie en la segunda. La puerta del salón, y entonces el puñal en la mano, la luz de los ventanales, el alto respaldo de un sillón de terciopelo verde, la cabeza del hombre en el sillón leyendo una novela.


Aplastamientos de las gotas

        Yo no sé, mira, es terrible cómo llueve. Llueve todo el tiempo, afuera tupido y gris, aquí contra el balcón con goterones cuajados y duros, que hacen plaf y se aplastan como bofetadas uno detrás de otro, qué hastío. Ahora aparece una gotita en lo alto del marco de la ventana; se queda temblequeando contra el cielo que la triza en mil brillos apagados, va creciendo y se tambalea, ya va a caer y no se cae, todavía no se cae. Está prendida con todas las uñas, no quiere caerse y se la ve que se agarra con los dientes, mientras le crece la barriga; ya es una gotaza que cuelga majestuosa, y de pronto zup, ahí va, plaf, deshecha, nada, una viscosidad en el mármol.

        Pero las hay que se suicidan y se entregan enseguida, brotan en el marco y ahí mismo se tiran; me parece ver la vibración del salto, sus piernitas desprendiéndose y el grito que las emborracha en esa nada del caer y aniquilarse. Tristes gotas, redondas inocentes gotas. Adiós gotas. Adiós.

septiembre 08, 2020

¿Y si…?

¿Y si Colón no hubiese arribado a lo que hoy llamamos América?; ¿Y si el 24 de marzo de 1976 Videla, Massera, Agosti y aliados no hubieran llevado a cabo un golpe de estado en Argentina?; ¿Y si en 1989 no se hubiese derribado el Muro de Berlín?... Seguramente, distinta hubiera sido la historia. A la especulación acerca de lo que hubiese sucedido si no hubiera pasado lo que aconteció, se le llama ucronía; es decir, reconstruir la historia basada en hechos posibles pero que no han sucedido realmente. Se plantean realidades alternativas ficticias, en las cuales los hechos se han desarrollado de diferente forma de como los conocemos o, definitivamente, no han ocurrido. La encontramos en relatos literarios, en el cine, la televisión y en los videojuegos. Les comparto un cuento ucrónico de Eduardo Abel Giménez:


La ciudad de las nubes


        - ¿Qué hubiera pasado si los aztecas derrotaban a Hernán Cortés? - pregunta el profesor González.
El profesor González es un hombre alto, flaco, de cuello largo y piel muy blanca, narigón hasta el
extremo. Falta que se pare en una sola pierna para terminar de parecerse a una grulla.
        - ¿Y si la antigua China hubiera colonizado el continente africano?
Estamos en la clase de Historia, aunque más que eso parece una clase de Ucronía. Hasta donde sabemos, las ucronías son lo único que entusiasma al profesor González. En vez de estudiar historias reales, estudias historias inventadas. Todas sus preguntas empiezan por: “¿Qué hubiera pasado si…?”.
Junto a mí, Alina mira hacia el frente del aula. Yo le miro el perfil, aprovechando que me tapa la espalda gigante de Carpinetti. El mechón de pelo sobre el ojo derecho, la nariz redonda, el labio inferior que se proyecta hacia afuera como el borde de una fuente… Bajo la mirada al pupitre, busco una hoja en blanco en mi carpeta y corto una tira de papel. Escribo:
“¿Qué hubiera pasado si estuviésemos en clases separadas?”.
Doblo el papelito al medio, lo pliego en cuatro, y se lo paso a Alina. Alina se tapa la boca con la mano y sonríe.
        - ¿Y si Costa Rica no fuera potencial mundial? - dice el profesor González.
Alina busca su lapicera y escribe en otro papelito. Ella prefiere doblarlo en tres, y luego en seis. Me lo da sin mirarme:
        - ¿Y si viviésemos en países distinto?”.
Tras cada pregunta, el profesor González abunda en detalles sobre cómo responderla, y sobre los recursos de la lógica, la investigación, y bla bla bla, pero la verdad es que no le presto atención. Entiendo que la derrota de Hernán Cortés, por ejemplo, habría obligado a los españoles a… algo. Pero no me pregunten qué.
Escribo:
“¿Y si yo hubiese nacido en otro siglo?”.
El sol acaba de encontrar un camino para entrar por la venta. Da justo en el pupitre de Alina, para sacarle brillo a la piel oscura de sus manos mientras pliegan otro papelito:
“¿Y si yo tuviese un lunar enorme en la punta de la nariz?”.
        - ¿Y si los vikingos hubiesen colonizado América? - pregunta el profesor González.
Algunos de nuestros compañeros bostezan. Los otros parecen en animación sus pendida. Carpinetti está entre los bostezantes, me doy cuenta por la forma en que a veces echa la cabeza atrás.
“¿Y si nunca nos hubiéramos dado un beso?”.
La sonrisa de Alina le enciende los pómulos, donde hoy, con su estilo simple y clásico de ser hermosa, se pintó un pequeño círculo esmeralda. Un color delicioso en la vecindad de sus ojos verdes y anaranjados.
“¿Y si estuviéramos volando juntos por el Amazonas?”, escribo.
Le paso el último papelito a Alina, sin darme cuenta de que al otro lado de la espalda de Carpinetti el profesor González se ha ido acercando por el pasillo. Pero Alina no llega a desplegar mi mensaje. Ahora que levanto la mirada resulta que la grulla está de pie, en toda su espectacular altura, justo al lado de Alina. Y no es todo: está mirando hacia su pupitre.
El profesor González estira un brazo largo, que sería de grulla si las aves tuvieran brazos, levanta el papelito y lo lee para sí. Mientras, frunce los labios, arruga la frente y asiente lentamente con la cabeza.
Alina y yo estamos paralizados. Ella mueve la vista de las manos pálidas de González a su nariz interminable, y vuelve a las manos. Yo miro la esmeralda de Alina y luego los ojos del profesor, que son negros, pero de pronto parecen tener un fulgor rojo (seguro que hay grullas de ojos rojos). Para Alina debe ser aún pero que, para mí, no solo porque tiene a la grulla más cerca, sino porque no sabe qué dice el papel secuestrado. ¿Y si justo escribí algo íntimo, entre lo íntimo, algo que nadie más debería ver, algo que se pueda usar horriblemente en nuestra contra?
Pasa un siglo. Pienso: no es nada, Alina, no te preocupes. Pasa otro siglo. Pienso: ¡ahora viene el picotazo!
El profesor mira con esos ojos que deberían ser rojos a los ojos arco iris de Alina, hasta que ella baja la mirada al pupitre. Luego me mira a mí, y yo también bajo la mirada. Entonces hace algo que en adelante deberemos mencionar como “nuestra propia ucronía realizada”. Al contrario de todo lo que enseña la Historia, el profesor González deja asomar una sonrisa en el lado izquierdo de la boca, vuelve a dejar el papelito en las manos de Alina y sigue avanzando por el pasillo.
        - ¿Y si jamás se hubiera prohibido el automóvil? –dice.
¿Podemos respirar? Sí, podemos. ¿Podemos mirarnos de reojo? También. ¿Hay vida en medio de tanta vergüenza? Algo hay, sí. Y ganas de reírnos. Pero no nos reímos. Alina encierra en el puño el papelito si leer. Miramos al frente, nos quedamos quietos y contamos los segundos que faltan para que la clase termine.
        - ¿Y si el Principio de Kafka hubiera rechazado por la Liga de las Naciones?
Incansable, el profesor González sigue caminando arriba y abajo por el pasillo haciendo preguntas. Incapaces de volver a desafiar el destino, Alina y yo nos afiliamos al partido de los que bostezan. Hasta que llega el momento mágico en que, por fin, el profesor González mira su reloj pulsera.
-Muy bien- dice -. Ya han aprendido a formularse preguntas interesantes sobre las muchas formas en que la Historia pudo ser distinta, y cómo eso podía haber llevado a un presente muy diferente del nuestro. Ahora…
Ya lo sabemos, sí: la tarea.
        - Para el jueves, cada uno formulará su propia alternativa a la Historia real, y desarrollará en dos páginas cómo hubiera cambiado el mundo.
Suena el timbre. Fin de la clase, fin del día en la escuela. El profesor González se despide, da tres o cuatros pasos de grulla y sale del aula.
Nuestros compañeros, repentinamente despiertos, se apuran a juntar sus cosas para irse de una vez. Carpinetti levanta con mucha lentitud su cuerpo de oso y vuelvo a ver el mundo frente a mí.
Alina y yo nos demoramos en los asientos. Ella sigue ruborizada. Supongo que yo también. Somos los últimos en cruzar la puerta, tomados de la mano, mientras los otros encienden las alas y se dispersen por la Ciudad de las Nubes.

Eduardo Abel Giménez (1954) escritor de relatos de ciencia ficción, humor, poesías, inventor de juegos, fotógrafo, músico, traductor y editor de su propia editorial Dábale arroz. Por La ciudad de las nubes ganó una mención en el Premio Nacional de Literatura Infantil en el 2012. Tiene una página web: La Mágica web en la que diariamente publica relatos, fotos, reseñas...


junio 22, 2020

Amistades inesperadas...

Amigos por el viento (fragmento)

Liliana Bodoc

"A veces, la vida se comporta como un viento: desordena y arrasa. Algo susurra, pero no se le entiende. A su paso todo peligra; hasta lo que tiene raíces. Los edificios, por ejemplo. O las costumbres cotidianas.
Cuando la vida se comporta de ese modo, se nos ensucian los ojos con los que vemos. Es decir, los verdaderos ojos. A nuestro lado, pasan papeles escritos con una letra que creemos reconocer. El cielo se mueve más rápido que las horas. Y lo peor es que nadie sabe si, alguna vez, regresara la calma."

Pueden seguir leyendo en Leer en casa

 
Liliana Bodoc nació en Santa Fe, Argentina, en 1958. Desde los cinco años vivió en Mendoza y, posteriormente en El Trapiche, San Luis.
Estudió Licenciatura en Letras en la Universidad de Cuyo y ejerció la docencia en colegios de la misma universidad.

Publicó su primera novela, Los días del Venado en el año 2000; pasado dos años publicó Los días de la Sombra; y, en el 2004 publicó el tercer y último libro de lo que forma la Saga de los Confines, con el título de Los días del Fuego. También en ese mismo año publicó el libro de cuentos infantiles Sucedió en colores. Obtuvo el Premio Konex - Diploma al Mérito 2004 en la disciplina Literatura Juvenil y nuevamente en 2014.
En el 2008 publicó la novela El espejo africano, en 2009 Presagio de Carnaval, en 2011 Amigos por el viento y El mapa imposible, La entrevista en 2012 y Elisa, La Rosa Inesperada en el 2017.

Murió el 6 de febrero de 2018.

junio 16, 2020

Seguimos leyendo...

Lecturas de otoño sobre cosas inútiles que hacen los dragones.



Cosas de dragones
Gustavo Roldán

Los dragones aman las cosas inútiles. Sienten una especial ternura por todo lo que no sirve para nada. Y una secreta admiración. Si las cosas inútiles están ahí, algún mérito deben tener.
Como las hojas secas. En especial las hojas secas que tienen un agujero para mirar y descubrir lo que antes no se había visto. No es que las cosas no estuvieran, pero miradas a través del agujero de una hoja seca son otras cosas. Por eso los dragones esperan el otoño con entusiasmo. Saben que va a ser una época de descubrimientos.

También los entusiasma encontrar una piedra redonda, una piedra pulida de esas que aparecen a la orilla del río y que vaya a saber qué tiempo llevan rodando para encontrar la forma perfecta.
Los dragones las tocan suavemente, como si fuesen el frágil huevo de un pájaro, las acarician y piensan. Tratan de imaginar el recorrido de esa piedra, desde su primer día en el tiempo y la distancia, hasta llegar en ese momento a la orilla del río para que un dragón la encuentre, la alce, y la acaricie con ternura.

Gustavo Roldán (1935-2012) fue un escritor argentino. Se desempeñó en medios gráficos, como las revistas infantiles Humi y Billiken. Centró su trabajo como director de colecciones de libros para niños.
Según declara en su autobiografía, “aspiro a escribir textos donde la cantidad de años que tenga el lector no sea más que un accidente como el verano o la lluvia o el frío.”
Fue ganador con el Primer Premio Concurso Internacional de Cuentos para Niños, el Premio Periquillo (México), el Tercer Premio Nacional de Literatura y el Premio del Fondo Nacional de las Artes.

mayo 30, 2020

Leer en Casa

"Encontrar un buen libro es demasiada tarea para uno solo y, aunque a veces sucede, sabemos muy bien que las lecturas que nos han compuesto, recompuesto y descompuesto llegaron hasta nosotros de un  modo indirecto, azaroso, incierto, absolutamente desprovisto de señales."
Carlos Skliar. Érase una vez la lectura. (2019). Eduvim

Entrá a este sitio creado por el Ministerio de Educación de la República Argentina y encontrarás disponibles de manera gratuita libros de cuentos, novelas y poesía de 30 editoriales argentinas .


mayo 29, 2020

Mandarinas para principiantes

Para la temporada del otoño... ¡qué mejor que comer mandarinas! "Porque el olor de la felicidad es exactamente igual al de las mandarinas" dice Mariano Barbieri en su libro Mandarinas de abril:
Les comparto uno de sus cuentos, Mandarinas para principiantes:

Si aplastamos una mandarina hasta las últimas consecuencias, vamos a quedar sosteniendo un manojo de piel y semillas resbalosas, todo lo demás habrá caído entre los dedos dejando una melaza invisible y un olor a primavera en pleno invierno. Pero sabemos que si dios existe, trabaja empaquetando mandarinas en otoño. Cada gota de jugo queda abrazada a una piel transparente tan fina que, a su lado, los bebés parecen forrados en lija. Las gotas envueltas se pegan a otras –también envueltas– formando tres pares de filas y algunas veces cuatro, que agrupadas acaban convirtiéndose en un gajo.

Se entiende que un gajo es a las frutas lo que un dedo es a las manos, lo que una palabra a una canción sin rima. Una vez abiertos y puestos a contraluz, evidencian la transparencia misma que, como toda transparencia, es un enigma.

Cada mandarina tiene entre diez y trece gajos cosidos al centro por un delgado hilo blanco que las une igual que a las mangas de una camiseta, a los elásticos de un corpiño o a las páginas de un libro. Al comerla se experimenta propiamente la lujuria, porque la mandarina es –tal vez– la fruta más femenina por nombre y estructura gajal.

Y por último, lo primero:la cáscara. Esta vez hay que decirlo, la superficie de las mandarinas obedece al pensamiento religioso que manda a desoír la información que los ojos capturan: las más hermosa no son las mejores. El instinto canino será así otra vez fundamental para poder elegir. A oler entonces, como los perros; y a morder sin pensárselo dos veces, porque el prejuicio es mal camino y mal canino también.

Mariano Barbieri. Mandarinas de abril. Cuentos y relatos innecesarios. (2010)
Dibujos de Natalia Tescione


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