Una manera de vincularse con el mundo, con lo incierto, lo sensible, lo singular...
octubre 31, 2022
octubre 28, 2022
Hacemos foco en la poesía de Eduardo Abel Gimenez
Eduardo Abel Gimenez
“Como los deseos,
que no pueden estar quietos,
se apuran, escapan, crecen, se achican,
no saben esperar…”
Nubes[1]
Eduardo Abel Gimenez, sin tilde, como dice él que es su apellido, nació en 1954 y siempre vivió en Buenos Aires. Se define como un amateur permanente, voraz lector de literatura de ciencia ficción, fotógrafo aficionado, amante de la música, inventor de juegos de ingenio, traductor, editor, escritor…
Trabajó como periodista en las revistas _Expreso Imaginario_ y _El Péndulo_ cuando era muy joven. Incursionó en la música, tuvo un dúo y grabó algunas canciones en los 80 (se las pueden escuchar en Spotify). Fue gerente de producción de Juegos De Mente (Juegos & Co.) y también tuvo su propia revista de pasatiempos: Ediciones Argen Tinta. Formó parte del equipo argentino que obtuvo el 2° puesto en el Primer Campeonato Mundial de Juegos de Ingenio en Nueva York (1992). Fundó y dirigió junto a Roberto Sotelo el portal de literatura infantil y juvenil Imaginaria (1999–2014).
Actualmente, es editor de su propia editorial Dábale arroz (fragmento del palíndromo Dábale arroz a la zorra el abad) que codirige con Natalia Méndez. Tiene un sitio web personal, La mágica web, donde periódicamente comparte fotografías y textos. Es escritor de cuentos, novelas y poemas destinados a niñas, niños, adolescentes y adultos. Tiene más de treinta libros publicados en diferentes editoriales, innumerables reconocimientos y premios.
Te dejamos el link de un Conversatorio en el que habla un montón porque esa es otra de las cosas que le encanta hacer.
Hacemos foco en su poesía
“Como irte y volver.
Como quedarte.
Como moverte en todas las direcciones…”
Olas[2]
Sus poemas son un arrullo, un juego con las palabras y los sonidos, y la aliteración es un recurso literario al que apela con frecuencia para generar ese efecto expresivo. En este sentido, en el trabajo con el lenguaje logra cierta armonía, tensión, ritmo, música:
“Tus ojos son
como el libro que pensé que había leído
pero no,
como el pueblo que creí no conocer
pero sí,
como estar a punto de decir también
y decir tampoco,
como ver que lo que parecía antes
era después.”[3]
La poesía de Eduardo Abel Gimenez surge de la relación estrecha e íntima con el mundo, del contacto y del diálogo con la realidad.
En Justo cuando[4] sucesos que se unen por azar o porque son consecuencias o efectos de otros actos dibujan la memoria que va acumulando imágenes y sentires a lo largo de la vida. Justo cuando creemos tener algo bajo control, sucede otra cosa; justo cuando creemos que algo se malogra, eso no ocurre.
Así se comporta la vida:
“Justo cuando
estás por cruzar la calle
y empieza el otoño.
…
Justo cuando
la nube deja de parecer un pájaro.
…
Justo cuando
se apaga la luz
y el gato abre los ojos.
…”
Y hay más para seguir leyendo
El hilo. Buenos Aires: Ediciones del Eclipse, 2011.
Hoy todo sale bien. Buenos Aires: Dábale arroz, 2019.
Casi haikus. Buenos Aires: Dábale arroz, 2019.
Te invitamos a que pases por la Biblioteca, encontrarás todos los libros que mencionamos aquí.
Las chicas y los chicos del Taller de lectura y escritura de 1ro.
Referencias
[1^] Gimenez, E. A. y Afonso Esteves, C. (2009). Como agua. Buenos Aires, Del Eclipse.
[2^] Gimenez, E. A. y Afonso Esteves, C. (2009). Como agua. Buenos Aires, Del Eclipse.
[3^] Gimenez, E. A.; Afonso Esteves, C. (ilustraciones). Tus ojos. Buenos Aires: Calibroscopio, 2014.
[4^] Gimenez, E. A.; Afonso Esteves, C. (ilustraciones). Tus ojos. Buenos Aires: Calibroscopio, 2014.
noviembre 12, 2020
CONVITE DE LECTURA
Los invito a leer El libro de lectura del Bicentenario. Secundaria I, en él encontrarán unas poesías y 19 cuentos extraordinarios, todos escritos por escritores argentinos.
De este libro les comparto el primero, se llama El libro y es de Sylvia Iparraguirre:
El libro
El hombre miró la hora: tenía por delante veinticinco minutos antes de la salida del tren. Se levantó, pagó el café con leche y fue al baño. En el cubículo, la luz mortecina le alcanzó su cara en el espejo manchado. Maquinalmente se pasó la mano de dedos abiertos por el pelo. Entró al sanitario, allí la luz era mejor. Apretó el botón y el agua corrió. Cuando se dio vuelta para salir, de canto contra la pared, descubrió el libro. Era un libro pequeño y grueso, de tapas duras y hojas de papel de arroz, inexplicablemente pesado. Lo examinó un momento. No tenía portada ni título, tampoco el nombre del autor o el de la editorial. Bajó la tapa del inodoro, se sentó y pasó distraído las primeras páginas de letras apretadas y de una escritura que se continuaba sin capítulos ni apartados. Miró el reloj. Faltaba para la salida del tren.
Se acomodó mejor y ojeó partes al azar. Sorprendido reconoció coincidencias. Volvió atrás. En una página leyó nombres de lugares y de personas que le eran familiares; más todavía, con el correr de las páginas encontró escritos los nombres de pila de su padre y su madre. Unos tres capítulos más adelante aparecieron, completo, sin error posible, el de Gabriela. Lo cerró con fuerza; el libro le producía inquietud y cierta repugnancia. Quedó inmóvil mirando la puerta pintada toscamente de verde, cruzada por innumerables inscripciones. Fluyeron unos segundos en los que percibió el ajetreo lejano de la estación y la máquina Express del bar. Cuando logró calmar un insensato presentimiento, volvió a abrir el libro. Recorrió las páginas sin ver las palabras. Finalmente, sus ojos cayeron sobre unas líneas: En el cubículo, la luz mortecina le alcanza su cara en el espejo manchado. Maquinalmente se pasa la mano de dedos abiertos por el pelo. Se levantó de un salto. Con el índice entre las páginas, fue a mirarse asombrado al espejo, como si necesitara corroborar con alguien lo que estaba pasando. Volvió a abrirlo. Se levanta de un salto. Con el índice entre las páginas, va a mirarse asombrado... El libro cayó dentro del lavatorio transformado en un objeto candente. Lo miró horrorizado. Consultó el reloj. Su tren partía en diez minutos. En un gesto irreprimible que consideró de locura, recogió el libro, lo metió en el bolsillo del saco y salió. Caminó rápido por el extenso hall hacia la plataforma. Con angustia creciente pensó que cada uno de sus gestos estaba escrito, hasta el acto elemental de caminar. Palpó el bolsillo deformado por el peso anormal del libro y rechazó, con espanto, la tentación cada vez más fuerte, más imperiosa, de leer las páginas finales. Se detuvo; faltaban tres minutos para la partida. Qué hacer. Miró la gigantesca cúpula como si allí pudiera encontrar una respuesta. ¿Las páginas le estaban destinadas o el libro poseía una facultad mimética y transcribía a cada persona que lo encontraba? Apresuró los pasos hacia el andén, pero, por alguna razón oculta, volvió a girar y echó a correr con el peso muerto en el bolsillo. Atravesó el bar zigzagueando entre las mesas y entró en el baño. El libro era un objeto maligno; luchó contra el impulso irreprimible de abrirlo en el final y lo dejó en el piso, detrás de la puerta. Casi sin aliento cruzó el hall. Corrió por el andén como si lo persiguieran. Alcanzó a subir al tren cuando dejaban el oscuro andén atrás y salían al cielo abierto; cuando el conductor elegía una de las vías de la trama de vías que se abrían en diferentes direcciones.
Sylvia Iparraguirre nació en 1947 en Junín, Provincia de Buenos Aires. Fundó, junto a Abelardo Castillo (con quien se casó en 1976) y Liliana Heker, la revista literaria El Ornitorrinco. Docente, investigadora y narradora, sus cuentos integran numerosas antologías. Entre sus obras figuran: En el invierno de las ciudades (cuentos). Probables lluvias por la noche (cuentos), El Parque (novela).
agosto 24, 2020
El viaje es más importante que la meta
El poeta Constantino Cavafis nos habla sobre la importancia de disfrutar el camino, cualquier camino, y no sólo añorar el objetivo; una metáfora que puede extenderse a muchos procesos de nuestra vida.
Las Ítacas pueden ser casi cualquier cosa: podrían representar el proceso para lograr una meta o para recuperar algo que hemos perdido, incluso, podrían simbolizar el acto de transitar por la vida de principio a fin, para finalmente volver al origen.
Ítaca
Cuando emprendas tu viaje a Ítaca
pide que el camino sea largo,
lleno de aventuras, lleno de experiencias.
No temas a los lestrigones ni a los cíclopes
ni al colérico Poseidón,
seres tales jamás hallarás en tu camino,
si tu pensar es elevado, si selecta
es la emoción que toca tu espíritu y tu cuerpo.
Ni a los lestrigones ni a los cíclopes
ni al salvaje Poseidón encontrarás,
si no los llevas dentro de tu alma,
si no los yergue tu alma ante ti.
Pide que el camino sea largo.
Que muchas sean las mañanas de verano
en que llegues -¡con qué placer y alegría!-
a puertos nunca vistos antes.
Detente en los emporios de Fenicia
y hazte con hermosas mercancías,
nácar y coral, ámbar y ébano
y toda suerte de perfumes sensuales,
cuantos más abundantes perfumes sensuales puedas.
Ve a muchas ciudades egipcias
a aprender, a aprender de sus sabios.
Ten siempre a Ítaca en tu mente.
Llegar allí es tu destino.
Mas no apresures nunca el viaje.
Mejor que dure muchos años
y atracar, viejo ya, en la isla,
enriquecido de cuanto ganaste en el camino
sin aguantar a que Ítaca te enriquezca.
Ítaca te brindó tan hermoso viaje.
Sin ella no habrías emprendido el camino.
Pero no tiene ya nada que darte.
Aunque la halles pobre, Ítaca no te ha engañado.
Así, sabio como te has vuelto, con tanta experiencia,
entenderás ya qué significan las Ítacas.
Constantino Cavafis (1863 –1933) fue un poeta griego, una de las figuras literarias más importantes del siglo XX y uno de los mayores exponentes del renacimiento de la lengua griega moderna. Trabajó como periodista y como funcionario, y publicó relativamente poco en vida, aunque tras su muerte su obra cobró paulatinamente influencia.
mayo 30, 2020
Leer en Casa
mayo 27, 2020
libros/libres
por detrás de las rejas
un gato maúlla
severo e impasible
la ventana refleja
en la mesa de noche
una pila de libros detenidos
... miro, escucho: no me decido
el gato insinúa que me ignora
la lectura se escurre
y si alguien
desde un punto distante
observara el conjunto
podría decir
en una lengua extraña
que hay una forma plena de ser libres
prometida en instantes
indecisos ignorados infecundos
que lo diga o no
da igual
nadie lo entendería:
ni el gato, siquiera




