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octubre 16, 2020

PABLO DE SANTIS

Pablo De Santis (1963) es escritor, periodista y guionista de historietas; ganador del Premio Planeta-Casa de América 2007 por su novela El enigma de París y también del Premio de la Novela de la Academia Argentina de Letras. Tiene publicado más de treinta libros.

Les comparto algunos títulos: Lucas Lenz y el Museo del Universo (1992), La traducción (1997) Páginas mezcladas (1997) con ilustraciones de Max Cachimba, Filosofía y Letras (1998), El teatro de la memoria (2000), El calígrafo de Voltaire (2001), El inventor de juegos (2003), El buscador de finales (2008), Los anticuarios (2010), El hipnotizador (2010) historieta con el dibujante Juan Sáenz Valiente, El juego del laberinto (2011) Continuación de El inventor de juegos, Trasnoche (2014),El juego de la nieve (2016) Continuación de El inventor de juegos y El juego del laberinto, Leyra, La cazadora de libros (2018), en coautoría con Max Cachimba, ¿Quién quiere ser detective? (2018).


De Rey secreto (2005) les comparto unos microrrelatos:


El sótano de la biblioteca

    Para caminar por los túneles, usamos libros como antorchas.Cuando la luz está por apagarse, damos vuelta la página.

 

El tapiz

    Entré a la tienda del anticuario Espinosa para mirar el tapiz del que tanto me habían hablado. Estaba colgado en una pared, entre una armadura japonesa y una muñeca de porcelana.

    La escena parecía vista a través de la lluvia o de la niebla.

    Contra un cielo gris, una mujer de cabellos dorados sostenía una rama de olivo. Hubiera dado cualquier cosa por conocer a la mujer que había inspirado aquel tapiz.

    -Es hermoso –dije. Lamenté de inmediato haberlo alabado, lo que aumentaría el precio-. ¿Cuánto cuesta?

    -No está en venta –respondió Espinosa-. Pero… ¿cómo sabe si es hermoso si lo está mirando al revés? Lo dejo así para que no se llene de polvo.

    Espinosa dio vuelta la tela. Del otro lado de la trama la mujer era un cadáver de ojos hundidos y piel amarillenta. 

    Sostenía una vara retorcida llena de espinas que goteaban sangre y su cabello era un manojo de serpientes.


Los frascos

    La mujer me hizo entrar a su dormitorio porque tenía algo para mostrarme. Miré los frascos color ámbar y las botellas azules cerradas con lacre; había recipientes con forma de sirena, de araña, de unicornio. La mayoría eran de cristal, pero también había de madera y de hierro oxidado. En alguno flotaba polvo de oro; en otro, un escarabajo atigrado.

    -¿Siempre quise conocer su colección de perfumes –dije-? ¿Me permite abrir alguno?

    No esperé a que me respondiera y abrí un frasco verde. La fragancia me hizo ver sombras, destellos, pozos sin fin. Lo cerré de inmediato.

    -No son perfumes –dijo Lucrecia-. Son mis venenos.


Titanic

    La operación para reflotar el Titanic fue un éxito. No contentos con arrancarlo de las aguas, los empresarios que lograron la hazaña se propusieron restaurar cada centímetro del barco, para dejarlo tal como era en sus años de esplendor. Para conmemorar un nuevo aniversario de la botadura del trasatlántico, llenaron el barco con más de tres mil personas vestidas con ropa de época, uno por cada uno de los antiguos pasajeros. Poco después de la partida, el trasatlántico embistió a un iceberg especialmente ubicado en su camino, que rasgó limpiamente el costado del casco. La reconstrucción, que hasta ese momento había sido perfecta, aquí falló: no hubo tiempo de echar al agua ni un solo bote salvavidas. Todos se ahogaron. Transcurrido un tiempo prudencial, ya se está hablando de un nuevo rescate.


octubre 08, 2020

Julio Cortázar

Julio Cortázar (Bruselas, 1914 - París, 1984). Extraordinario y prolífero escritor argentino de novelas, cuentos, poesías, teatro y ensayos. En muchas oportunidades se lo ha vinculado con Borges por la escritura de cuentos fantásticos, aunque los relatos breves de Cortázar se apartan del interés por la metafísica para indagar en lo inquietante y enigmático de lo cotidiano. Su afán renovador se manifiesta sobre todo en el estilo y en la subversión de los géneros que se verifica en muchos de sus libros, de entre los cuales la novela Rayuela (1963), con sus dos posibles órdenes de lectura, sobresale como su obra maestra.

Autor de: Modelo para armar (1968), Libro de Manuel (1973), Bestiario (1951), Final del juego (1956), Todos los fuegos el fuego (1966), Historias de cronopios y famas (1962), Salvo el crepúsculo (1984), Los reyes (1949), Último round (1968), La vuelta al día en ochenta mundos (1967), Silvalandia (1975) …

 

Para profundizar:

La enciclopedia biográfica en línea  Biografías y vidas


Les comparto un cuento y un microrrelato:

Continuidad de los parques

        Había empezado a leer la novela unos días antes. La abandonó por negocios urgentes, volvió a abrirla cuando regresaba en tren a la finca; se dejaba interesar lentamente por la trama, por el dibujo de los personajes. Esa tarde, después de escribir una carta a su apoderado y discutir con el mayordomo una cuestión de aparcerías, volvió al libro en la tranquilidad del estudio que miraba hacia el parque de los robles. Arrellanado en su sillón favorito, de espaldas a la puerta que lo hubiera molestado como una irritante posibilidad de intrusiones, dejó que su mano izquierda acariciara una y otra vez el terciopelo verde y se puso a leer los últimos capítulos. Su memoria retenía sin esfuerzo los nombres y las imágenes de los protagonistas; la ilusión novelesca lo ganó casi en seguida. Gozaba del placer casi perverso de irse desgajando línea a línea de lo que lo rodeaba, y sentir a la vez que su cabeza descansaba cómodamente en el terciopelo del alto respaldo, que los cigarrillos seguían al alcance de la mano, que más allá de los ventanales danzaba el aire del atardecer bajo los robles. Palabra a palabra, absorbido por la sórdida disyuntiva de los héroes, dejándose ir hacia las imágenes que se concertaban y adquirían color y movimiento, fue testigo del último encuentro en la cabaña del monte. Primero entraba la mujer, recelosa; ahora llegaba el amante, lastimada la cara por el chicotazo de una rama. Admirablemente restañaba ella la sangre con sus besos, pero él rechazaba las caricias, no había venido para repetir las ceremonias de una pasión secreta, protegida por un mundo de hojas secas y senderos furtivos. El puñal se entibiaba contra su pecho, y debajo latía la libertad agazapada. Un diálogo anhelante corría por las páginas como un arroyo de serpientes, y se sentía que todo estaba decidido desde siempre. Hasta esas caricias que enredaban el cuerpo del amante como queriendo retenerlo y disuadirlo, dibujaban abominablemente la figura de otro cuerpo que era necesario destruir. Nada había sido olvidado: coartadas, azares, posibles errores. A partir de esa hora cada instante tenía su empleo minuciosamente atribuido. El doble repaso despiadado se interrumpía apenas para que una mano acariciara una mejilla. Empezaba a anochecer.

        Sin mirarse ya, atados rígidamente a la tarea que los esperaba, se separaron en la puerta de la cabaña. Ella debía seguir por la senda que iba al norte. Desde la senda opuesta él se volvió un instante para verla correr con el pelo suelto. Corrió a su vez, parapetándose en los árboles y los setos, hasta distinguir en la bruma malva del crepúsculo la alameda que llevaba a la casa. Los perros no debían ladrar, y no ladraron. El mayordomo no estaría a esa hora, y no estaba. Subió los tres peldaños del porche y entró. Desde la sangre galopando en sus oídos le llegaban las palabras de la mujer: primero una sala azul, después una galería, una escalera alfombrada. En lo alto, dos puertas. Nadie en la primera habitación, nadie en la segunda. La puerta del salón, y entonces el puñal en la mano, la luz de los ventanales, el alto respaldo de un sillón de terciopelo verde, la cabeza del hombre en el sillón leyendo una novela.


Aplastamientos de las gotas

        Yo no sé, mira, es terrible cómo llueve. Llueve todo el tiempo, afuera tupido y gris, aquí contra el balcón con goterones cuajados y duros, que hacen plaf y se aplastan como bofetadas uno detrás de otro, qué hastío. Ahora aparece una gotita en lo alto del marco de la ventana; se queda temblequeando contra el cielo que la triza en mil brillos apagados, va creciendo y se tambalea, ya va a caer y no se cae, todavía no se cae. Está prendida con todas las uñas, no quiere caerse y se la ve que se agarra con los dientes, mientras le crece la barriga; ya es una gotaza que cuelga majestuosa, y de pronto zup, ahí va, plaf, deshecha, nada, una viscosidad en el mármol.

        Pero las hay que se suicidan y se entregan enseguida, brotan en el marco y ahí mismo se tiran; me parece ver la vibración del salto, sus piernitas desprendiéndose y el grito que las emborracha en esa nada del caer y aniquilarse. Tristes gotas, redondas inocentes gotas. Adiós gotas. Adiós.

julio 27, 2020

Microrrelatos

Menos es más

“Lo bueno, si breve, dos veces bueno”
Baltasar Gracián
 
El microrrelato es un texto breve en prosa de naturaleza narrativa y ficcional, se caracteriza por la utilización de elipsis (supresión de una o más palabras que deberían estar presentes, pero sin las cuales se comprende perfectamente el sentido), la ironía, el humor, la intertextualidad (relación de un texto con otros textos), gran importancia del título (se convierte en la primera pista y referencia del texto), finales abruptos y sorprendentes.

Algunos microrrelatos de escritores latinoamericanos:
  • El dinosaurio de Augusto Monterroso: "Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí"
  • Calidad y cantidad de Alejandro Jodorowsky: "No se enamoró de ella, sino de su sombra. La iba a visitar al alba cuando su amada era más larga"
  • Historia verídica de Julio Cortázar, en "Cronopios y Famas": "A un señor se le caen al suelo los anteojos, que hacen un ruido terrible al chocar con las baldosas. El señor se agacha afligidísimo porque los cristales de anteojos cuestan muy caros, pero descubre con asombro que por milagro no se le han roto.
    Ahora este señor se siente profundamente agradecido, y comprende que lo ocurrido vale por una advertencia amistosa, de modo que se encamina a una casa de óptica y adquiere en seguida un estuche de cuero almohadillado doble protección, a fin de curarse en salud. Una hora más tarde se le cae el estuche, y al agacharse sin mayor inquietud descubre que los anteojos se han hecho polvo. A este señor le lleva un rato comprender que los designios de la Providencia son inescrutables, y que en realidad el milagro ha ocurrido ahora."
  • Conocer al lobo de Ana María Shua, en "Botánica del Caos":

Agradecemos a CEDILIJ (Centro de Difusión e Investigación de Literatura Infantil y Juvenil) por el video

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